Y habló Jehová a Moisés, diciendo: Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias.
Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó.
Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?
Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias.
Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado.
Estas son las aguas de la rencilla, por las cuales contendieron los hijos de Israel con Jehová, y él se santificó en ellos. (Números 20:7-13)
Este es el pecado por el cual Moisés no pudo entrar a la tierra. El caso es complejo, pues Moisés padece de varias emociones y frustraciones acumuladas en la trayectoria de los años en el desierto con las quejas y murmuraciones continuas del pueblo de Israel. ¿Será frustración, enojo o impaciencia? Sí, y sin duda otras cosas también.
En su forma más sencilla este pecado es la desobediencia. Dios le dijo hablar a la peña, y la golpea.
Por supuesto se ve además el orgullo de Moisés en sus palabras al pueblo congregado. “¿Hemos de hacer salir aguas de esta peña?”
Perdona, Moisés, pero ¿quién va a hacer salir aguas de la peña? Será Dios, ¿no?
Su falta de paciencia es entendible, pero no su falta de control. Tomándose de la situación, Moisés golpea la peña con la vara y, como para hacer hincapié en el poder de su esfuerzo, la golpea dos veces.
Dios ha sido misericordioso y lleno de gracia en estar dispuesto a proveerles aguas a pesar de su inmadurez. Moisés, al contrario, carece de gracia aunque es recipiente de ella. Moisés ha caído de la gracia (Gálatas 5:4).
Aun con todo lo que se puede decir en cuanto a Moisés y su complejo de emociones, orgullo y falta de paciencia, es sumamente interesante el análisis divino de lo que ha pasado. Dios señala dos pecados básicos. El primero es una falta de fe. “Por cuanto no creísteis en mí.” Más básico no puede ser. Dios le había instruido, y Moisés no le ha creído. Dios le dijo hablar a la peña y Moisés pensó mejor.
Más sorprendente aún para mí fue observar lo que Dios dice a continuación. Le acusa a Moisés de una falta de santidad, pero no de una santidad personal, sino la falta de santificar a Dios. Por no haber creído a Dios, Moisés ha fallado en no haber santificado a Dios delante de los hijos de Israel.
Sabemos que Dios es santo. Pero tenemos que recordar que santificar es sencillamente apartar, separar o hacer muy especial a alguien o algo. Dios es santo porque, como el único y verdadero Dios, él es apartado de todo y de todos. Nosotros somos santos porque él nos ha apartado como muy especiales debido a la obra de Cristo Jesús en su muerte, sepultura y resurrección. Nosotros vivimos vidas santas por lo que nosotros apartamos a él – nuestras vidas juntamente con todo lo que tenemos y somos.
Pero, también nosotros tenemos la capacidad para santificar a Dios – apartarlo de una forma muy especial en reconocimiento de su naturaleza única. En este caso, Moisés había de santificar a Dios por medio de obedecer la instrucción divina y lograr el resultado deseado (las aguas) dando testimonio de que el gran poder y gracia del Omnipotente había hecho esto. Cuando Moisés dirigía la atención a su propia persona con sus palabras bravas y sus obras de golpear la peña, Moisés estaba santificándose a sí mismo, pero en competencia con la santidad de Dios, no como resultado de la misma. Sólo de esta manera puede Dios recibir toda la honra y la gloria. Moisés le está quitando lugar a Dios. Logró el resulatado de las aguas, pero no el resultado más importante de santificar a Dios
Somos santos por la gracia de Dios. Él nos ha apartado como su tesoro especial. Nosotros hemos de corresponderle este amor santificando a él como la Persona más importante y especial en nuestras vidas. Si la santidad consiste en lo que apartamos para él, ¿qué podemos apartar el día de hoy para la honra y gloria de Dios? ¿Nuestra propia agenda, vocación, familia, sueños o dinero? Temo que muchas veces logramos resultados, pero no el resultado más importante de santificar a nuestro Dios delante de la gente.